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La cultura de la bicicleta

La cultura de la bicicleta

Santiago_Heyser_ElOportunoHablando en Serio

“La cultura de la bicicleta”

El principio de mi vida estuvo marcado por una educación muy religiosa y restrictiva. Te comparto estimado lector:

– ¡¿Qué estás haciendo que tardas tanto?!…

Como siempre, los gritos de mi madre me advertían del riesgo pecaminoso de estar mucho tiempo en el baño, solo, enfrentado con mi propia desnudez…

Criado en el seno de una familia católica tradicional, donde mi abuelo, poeta de bolsillo escribió una oración a la Virgen de Guadalupe, que registrada en Roma ante la Iglesia enorgullecía a una familia solidaria que cada 12 de diciembre salía a la plaza para repartir estampitas con la Virgen de un lado y la oración del abuelo por el otro; fui educado para alejarme del pecado.

– ¡Nada estoy haciendo!, ¡déjame en paz, madre!… El silencio de mamá denotaba su molestia, no le gustaba que le “contestara”, era su decir.

Mi educación fue tradicional y moralista, sustentada en conceptos religiosos que tenían como estandarte la concupiscencia: palabreja que denotaba la inclinación del ser humano hacia el pecado, obviamente inspirado por un diablo que siempre estaba al acecho para hacerte caer en la tentación, donde su mejor argumento giraba alrededor de la sexualidad y de tu propio autodescubrimiento ¡Todo los sexual era pecado!, de ahí la preocupación de mi madre de que, ante el despertar adolescente, en mis momentos de soledad fuera tentado por el demonio para toquetearme (masturbarme), riesgo que buscaba minimizar gritándome cuando estaba solo en el baño o en mi habitación, donde por supuesto tenía prohibido cerrar las puertas con seguro.

Para mi bien y disfrute de la vida, los cuidados de mi madre no fueron eficientes ni suficientes para evitar que me masturbara, lo que hacía con singular frecuencia; eso sí, no sin preocupación, dado que en aquellos días existía la creencia popular de que al masturbarte te crecía un pelo en la palma de la mano, razón por la que, de manera preventiva, diariamente me rasuraba las palmas de ambas manos para evitar cualquier riesgo de ser descubierto. Tampoco pudo mi  madre evitar que me formara bajo: “La cultura de la bicicleta”… ¡Sí!, en aquellos días, cuando la gente no andaba a las carreras ni teníamos la saturación vehicular que hoy tenemos, las calles eran de las personas y se podía lo mismo caminar tranquilamente, que jugar una cascarita de fut con los chicos de la cuadra, ya fuera con una pelota, con una bola de trapo o con un limón; por ello, por ese entorno de tranquilidad y seguridad hoy ausente, en esos días era común que los niños recibiéramos de regalo una bicicleta… Yo recibí la mía a los ocho años de edad y como era previsible, un día se me ponchó la llanta de la bicicleta, lo que me llevó al taller de bicicletas de Don Joaquín que estaba a dos cuadras. Don Joaquín era un hombre divertido, sencillo en su trato y experto en albures al expresarse continuamente en doble sentido, además de pícaro y ligero en su hablar. Don Joaquín se pasaba la mayor parte del día jugando cartas con el de la tienda, con el vecino de la tintorería, con el carnicero y con un par de taxistas que ahí paraban para echarse un “chesco” con piquete y para probar suerte en la baraja con los albures y con el Konkian.

Gratos recuerdos guardo para mi del inolvidable taller de Don Joaquín y su ambiente de cantina, ambientado con un decorado que se distinguía por tener un sentido artístico muy a la mexicana, ya que en las paredes amarillas adornadas con cadenas y rines de bicicleta oxidados colgados en diferentes partes, destacaba el colorido que brindaban sendos calendarios, ya pasados de fechas, que exhibían a pura mujeres nalgonas y pechugonas, además, obvio, de anunciar aceites, lubricantes y refacciones; lo que sin duda impactó para siempre mi vida, primero, grabando las imágenes de las divas semidesnudas en mi memoria de niño y después, de púber, adolescente y de hombre, con recuerdos inspiradores y el gusto por el erotismo pictórico… Hoy, esas imágenes y recuerdos siguen vigentes, al grado que a la fecha sigo atraído por las nalgas, los pechos y las fotos de desnudos de las féminas, resabios mentales de quienes, para nuestra fortuna, en aquellos años hoy idos, fuimos producto de: “La cultura de la bicicleta” y de sus calendarios de mujeres nalgonas en los talleres… ¡Así de sencillo!

Santiago Heyser Beltrán

Escritor y soñador

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