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Paz y Bien

Paz y Bien

Cuatro son los arrebatos que debo moderar si quiero que este 2016, que empieza prometedor, me ayude a alcanzar algo así como ver a Dios, ser llamado su hijo, habitar el Reino de los Cielos, heredar la Tierra, entre otras cosas… ¡Qué denso!

Son sencillos en teoría. Son solo cuatro y son harto son difíciles de practicar, pero creo que vale la pena probar, pues a Francisco, a Agustín, a Bosco, a Catalina a Tomás y a las varias Teresas les dieron buen resultado.

La culpa y la preocupación son frenos emotivos necesarios que tenemos para lograr la convivencia y la supervivencia humana. El resentimiento y el enojo son resabios de la vida salvaje que antecedió a la especie humana y le ayudó a resistir y a evolucionar durante 150 mil años hasta el día de hoy. Todos excepto la culpa son naturales pero inútiles. Todos son contraproducentes si los adoptamos como una conducta permanente de vida. El hombre de hoy los utiliza con intención retorcida llegando a la manipulación, al dominio de sus semejantes y al culto de sí mismo.

Si “mis chicharrones tronaran más fuerte y más sabroso” que los de mi vecino, que los de mi compadre, que los de mi hermano podría agredirlos e incluso golpearlos. Si “mis chicharrones resultaran corriosos o aguados” al menos podría culpar o resentirme con quienes más quiero.

El primer arrebato, la culpa, tiene un origen y un sentido divino. A veces se le llama Ley Natural. Todos los pueblos desde los llamados “bárbaros” hasta los Ciudadanos de Roma (o sea nosotros) sufrían de culpa como si ésta les fuera a incinerar el esófago o a redimir su espíritu. El mismísimo, augustísimo y divinísimo emperador Nerón sintió culpa, no porque hubiera incendiado la Ciudad de Roma, sino porque Petronio y Séneca le negaron su aprobación.

La culpa fue grabada por Dios en el ser humano con el único propósito de marcar ciertos límites y para permitirnos descubrir en Él, como Juez Supremo, la validez -la moralidad- de las intenciones y de los actos de nuestra conducta. La culpa no se instituyó para aventar o distribuir responsabilidades no cumplidas cuál naipes de una partida de poker. La culpa no es una baraja que se reparte; no es una partida de dados en la que esperamos gozosamente obtener un doble seis. Los seres humanos no gozamos aún de la investidura que nos permita calificar los actos de quienes nos deberían caer mejor. Nuestra mente seguramente juzga y resuelve inconscientemente todos los actos que percibimos en nuestro derredor, pero nuestra boca debe mantenerse sellada siempre al respecto.

El resentimiento es el más inconsciente y atroz sentimiento humano que cargamos por años cual cobija mugrosa que no queremos soltar. Es un costal de mugre y de basura. Me viene a la memoria el memorable personaje de la tira cómica Peanuts, el majestuoso Linus cuya inseguridad le impedía soltar la cobija que le daba seguridad. Pero me viene más el chaleco que me señala que tengo serios resentimientos con varias personas con las que debo decididamente hablar.

La preocupación está emparentada con la congoja y con ese sentimiento agobiante que nos postra y que se llama abulia. Ustedes, mis cada vez más numerosos lectores, quizá conozcan seguramente alguna utilidad que demuestre que el preocuparse nos ayuda a resolver la problemática por la que solemos preocupamos. Si es así, si hay alguna razón para estar preocupados, en este momento arrojo los dedos con los que les escribo y me corto las carótidas superiores para que noooo… llllegggue mmmassss ssssangre aaaa miiiiiiiii cereeeebrrrrr…

Nadie se opuso, ¿verdad?, entonces, ¿de qué sirve vivir preocupado?
El enojo: Esa rabieta que suelo aventar a los que me rodean cuando alguien que normalmente “me cae gordo” normalmente proviene de que yo normalmente estoy predispuesto a que ese ser que normalmente “me cae gordo” me va a provocar y que yo normalmente no me puedo quedar callado, inmóvil, impávido, inalterable. Quizá ese hombre carnoso, abundante y mantecoso que me cae gordísimo tenga algún mensaje fértil para mi vida. Quizá no me caiga tan gordo.

Lectores míos, ustedes son la vena que me impulsa a escribir, y solo por ello estoy aquí transmitiéndoles un poco de lo que pienso que debería ser. Los cuatro arrebatos a los que me referí antes son solo dos y ambos resumen mis deseos para ustedes en este año que comienza.

Solo paz y solo bien quiero que tengan en sus vidas.

Reciban un gran abrazo.

IGNACIO ZAMORA OROZCO

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